
Hay conversaciones que muchos pastores no tienen. No necesariamente por falta de honestidad, sino porque no siempre saben dónde empezar.
Detrás de estos desafíos que vamos a ver hay un punto en común: podemos terminar cargando lo que nunca fue nuestro y descuidando lo que sí nos fue encomendado.
Por eso, más que diez problemas aislados, estos desafíos pueden ayudarnos a revisar cómo estamos pastoreando, qué estamos intentando controlar y dónde necesitamos volver a confiar en Dios.
Las demandas del ministerio son reales, pero no convierten el descuido personal en una virtud. Pablo aconsejó a Timoteo:
«Ten cuidado de ti mismo y de la enseñanza» (1 Timoteo 4:16).
¿Has perdido el gozo de tu salvación? ¿Ya no tienes hambre personal por la Palabra? ¿Tu familia o tu cuerpo están reclamando una atención que sigues postergando?
Cuidar de ti mismo también es cuidar el ministerio que Dios te confió.
Es fácil construir círculos alrededor de quienes nos apoyan, nos agradan o están siempre presentes. El problema aparece cuando esa cercanía determina cuánto nos importa cada persona.
Las personas de la congregación no nos pertenecen. El rebaño es de Dios (1 Pedro 5:2-3).
Revisar a quiénes estamos cuidando puede revelar más sobre nuestro liderazgo que cualquier informe de asistencia.
En la iglesia podemos caer en dos extremos: juzgar demasiado rápido o evitar toda confrontación para no generar conflicto.
Jesús estableció un proceso que comienza en privado y avanza cuando es necesario (Mateo 18:15-20). El objetivo no es condenar, sino conducir hacia la confesión, el arrepentimiento y la restauración.
La gracia no elimina la confrontación. La transforma en una oportunidad para formar y restaurar.
Vivimos en una cultura que facilita la idea de que podemos aprender y crecer completamente por nuestra cuenta.
Pero el discipulado requiere presencia. Felipe se acercó al etíope, inició una conversación y preguntó:
«¿Entiendes lo que lees?» (Hechos 8:30).
Una buena predicación puede enseñar a muchas personas. El discipulado requiere algo más: relación, presencia y acompañamiento.
Todo liderazgo influye, pero existe el riesgo de convertir esa influencia en reproducción. Pablo dijo:
«Sean imitadores míos», pero inmediatamente añadió: «como yo lo soy de Cristo» (1 Corintios 11:1).
La meta no es formar personas que se parezcan a nosotros, sino personas que crezcan hacia Cristo. Formar no significa producir copias. Significa ayudar a cada persona a crecer hacia Cristo.
Ver partir a personas que hemos acompañado durante años puede ser profundamente doloroso. Pero debemos recordar tres verdades.
Las ovejas son de Cristo. El crecimiento es de Dios. Y nuestra responsabilidad es pastorear fielmente mientras están bajo nuestro cuidado.
Cuando alguien se va, podemos preguntarnos si hubo algo que pudimos hacer mejor. Pero, después de examinar nuestro liderazgo, también debemos aprender a dejar ir sin dejar de amar.
Acompañar a las personas puede convertirse fácilmente en paternalismo. Es más sencillo resolver un problema que enseñar a alguien a buscar a Dios y desarrollar discernimiento.
El pastor acompaña, enseña, corrige y sostiene. Pero no ocupa el lugar de Dios.
Pastorear también significa preparar a las personas para caminar con Dios cuando nosotros no estamos presentes.
El pastor trabaja constantemente con palabras, pero hablar mucho no significa comunicar bien.
En una época llena de voces y contenidos, necesitamos recuperar una prioridad sencilla: fidelidad antes que elocuencia.
No se trata de ganar discusiones, sino de enseñar con precisión, discernir lo importante y reconocer cuándo una conversación produce más ruido que edificación.
Existe una diferencia entre disfrutar el aprecio de una congregación y necesitar constantemente su aprobación.
El problema aparece cuando la necesidad de agradar comienza a modificar lo que predicamos, cómo corregimos o qué conversaciones evitamos. Pablo fue directo:
«Si yo tratara de agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo» (Gálatas 1:10).
La pregunta es: ¿estoy buscando ser fiel o estoy buscando ser aprobado?
Moisés llegó a reconocer que no podía llevar solo la carga del pueblo (Números 11:14-15).
La respuesta de Dios no fue simplemente pedirle que se esforzara más. Le dio compañeros para compartir la carga.
Por eso, cuando la motivación comienza a desaparecer, vale la pena preguntarnos:
¿Le has pedido al Señor personas consagradas que carguen contigo? ¿Has formado a alguien para que pueda hacerlo?
A veces, antes de tomar decisiones importantes, necesitamos volver a los fundamentos, recuperar la visión y permitir que otros participen de la carga.
Estos diez desafíos apuntan hacia una misma realidad: las personas de la congregación son de Cristo. El crecimiento es de Dios. La aprobación que importa viene de Él.
Nuestra responsabilidad es cuidar nuestra alma, estar presentes, enseñar con fidelidad, formar personas, corregir con gracia, acompañar sin controlar y aprender a compartir la carga.
Tal vez no necesitas resolver los diez desafíos esta semana. Elige uno.
¿Cuál te incomodó más al leerlo? ¿Cuál te hizo pensar inmediatamente en tu propio ministerio? Probablemente sea un buen lugar para comenzar.
La serie Desafíos pastorales, con Pepe Mendoza, desarrolla estos diez temas en episodios breves, abordándolos uno por uno desde una perspectiva bíblica y planteando preguntas que merecen una conversación seria.
Porque hablar de las dificultades del ministerio no significa tener menos fe. También puede ser una manera de volver a los fundamentos, recuperar el gozo y recordar que no fuimos llamados a pastorear solos.
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