
En cada torneo aparecen equipos llenos de figuras. Jugadores talentosos, nombres reconocidos y estadísticas impresionantes. Sin embargo, los mejores equipos no siempre son los que tienen las mayores estrellas, sino aquellos que aprenden a jugar juntos.
Algo parecido ocurrió cuando Jesús formó su equipo.
A simple vista, su elección parecía extraña. No buscó a los más influyentes, los más preparados ni los más admirados de su época. Reunió pescadores, cobradores de impuestos, hombres impulsivos, personas comunes e incluso algunos que probablemente nunca habrían coincidido en el mismo grupo. Sin embargo, con ellos transformó la historia.
La pregunta es: ¿Qué tenía de especial el equipo de Jesús?
En el fútbol, un equipo necesita distintas posiciones. No todos pueden ser delanteros, ni todos tienen las mismas habilidades.
Lo mismo ocurrió con los discípulos. Jesús reunió personas con historias, personalidades y experiencias muy distintas. La diversidad no fue un problema para Él; fue parte de su diseño. En el equipo de Jesús había personas que muchos no habrían elegido, pero que fueron transformadas y utilizadas por Dios para cumplir su propósito.
"Designó a doce, a quienes nombró apóstoles, para que lo acompañaran y para enviarlos a predicar." — Marcos 3:14 (NVI)
La unidad del equipo no estaba basada en parecerse unos a otros, sino en seguir al mismo Maestro.
En muchos ámbitos se entiende el liderazgo como autoridad, poder o protagonismo. Jesús enseñó algo completamente diferente.
"Al contrario, el que quiera hacerse grande entre ustedes deberá ser su servidor." — Marcos 10:43 (NVI)
Por eso, en el equipo de Jesús, los puestos más importantes no pertenecen a quienes buscan reconocimiento, sino a quienes están dispuestos a servir.
Pedro suele ser visto como el capitán del equipo. Fue apasionado, valiente y muchas veces tomó la iniciativa. Pero también cometió errores importantes.
Negó a Jesús cuando más debía permanecer firme. Sin embargo, su fracaso no fue el final de su historia. Jesús lo restauró y siguió utilizándolo para liderar a otros. La vida de Pedro nos recuerda que Dios no busca personas perfectas, sino personas dispuestas a aprender, arrepentirse y seguir creciendo.
En el equipo de Jesús no se exige perfección. Se espera fidelidad.
Cuando pensamos en los discípulos, solemos recordar a Pedro, Juan o Mateo. Pero también hubo seguidores como Andrés, cuya principal característica fue acercar personas a Jesús. Él era un trabajador humilde, útil y apasionado, alguien que cumplía su tarea sin buscar reconocimiento.
La Iglesia necesita personas visibles, pero también necesita hombres y mujeres que sirvan fielmente cuando nadie los está observando.
Muchas veces, los partidos se ganan gracias a jugadores que no aparecen en las portadas.
La misión que Jesús dejó a sus discípulos era demasiado grande para una sola persona. Por eso los formó, los entrenó y los envió juntos.
"Reunió a los doce y comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles autoridad [...]" — Marcos 6:7 (NVI)
El trabajo en equipo permite llegar más lejos de lo que cualquier individuo podría alcanzar por sí solo. Equipos saludables, relaciones duraderas, unidad de propósito y una misión compartida son elementos fundamentales para avanzar.
La Iglesia nunca fue diseñada para funcionar con espectadores. Todos tenemos un lugar en la cancha.
El equipo de Jesús sigue creciendo. Y la invitación sigue siendo la misma: dejar las tribunas para involucrarnos en la misión. No importa si te identificas más con Pedro, con Andrés, con Tomás o con cualquiera de los demás discípulos. Lo importante es entender que Jesús toma personas comunes, las transforma y les da un propósito eterno.
Si este tema te desafió, te invitamos a profundizar en cada historia de los discípulos a través de la serie "El equipo de Jesús".
Descubre las historias, fortalezas, luchas y aprendizajes de los discípulos que Jesús eligió para cambiar el mundo.
La serie está disponible de manera gratuita hasta la final de la Copa. Aprovecha esta oportunidad para verla y compartirla con tu iglesia, grupo o familia.
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